1. Lo contemporáneo y las revoluciones.
Ángeles Lario
Analizar la construcción del Estado contemporáneo implica conocer la cultura política que se iba extendiendo por Occidente y en base a ella la estructura constitucional que se fue diseñando para poner en práctica la idea del nuevo gobierno, basada en la soberanía nacional, la representación, la separación de poderes, todo ello en defensa de los derechos del hombre y del ciudadano; fue la tarea más singular del siglo XIX. Los hechos históricos no se comprenden correctamente si no se tienen en cuenta, si no se conocen, esos objetivos del siglo; un siglo eminentemente constitucional, de construcción y estabilización de una nueva forma de organización política, social y económica. Es necesario, por ello, familiarizarse con los términos y conceptos propios de esa construcción: Constitución, liberalismo, parlamentarismo, presidencialismo, republicanismo, sistema electoral, forma de gobierno, etc. La Constitución recoge los derechos del hombre y del ciudadano y organiza los poderes para garantizarlos. Los hechos históricos y la cultura política que les da forma
1. Qué es lo contemporáneo
Solemos iniciar la historia contemporánea con los procesos revolucionarios que cambiaron en Occidente el modelo político, económico y social que regía las sociedades, que por eso denominamos del Antiguo Régimen, para diferenciarlas del Nuevo que se inicia entonces. Así pues asociamos históricamente lo contemporáneo al mundo liberal-democrático que se comenzó a gestar en el ámbito atlántico. Ya Tocqueville en 1835, cuando escribió sus Reflexiones sobre la revolución democrática en América, decía que la historia contemporánea era la que iba desde la revolución «hasta nosotros» —es decir, ellos en 1835—, y que esa revolución democrática algunos la creían accidental y susceptible de ser detenida, y otros la consideraban irresistible. Pero fuera de las disputas teóricas y metodológicas, el ámbito temporal tiene una unidad destacada por sociólogos, politólogos e historiadores. Más de un siglo después, en 1959, R. R. Palmer analizaba las revoluciones atlánticas en The age of the democratic revolution: a Political History of Europe and America (1760-1800) —el segundo volumen apareció en 1964 en la Universidad de Princeton—. La revolución y su impacto era en él también el eje vertebrador de la contemporaneidad. De las revoluciones atlánticas hasta «nosotros»
Pero no todos los occidentales que hemos vivido esta «contemporaneidad» hemos realizado la misma periodización en el análisis del pasado. Así los anglosajones, teniendo en cuenta la «gloriosa» revolución inglesa del XVII que tanta trascendencia tuvo en la llegada del «Nuevo Régimen», distinguen entre «Modern History» que llegaría hasta la Primera Guerra Mundial, y la contemporaneidad, que se iniciaría con ella. Y es que carecen de los procesos traumáticos que sufrió el continente en el XIX; ni siquiera disponen de una revolución a finales del XVIII que les marque el inicio «contemporáneo» de ese siglo; es decir, carecen del citado referente de la revolución para hablar de contemporaneidad, a no ser que la retrotrajeran a finales del XVII.
Así pues, adoptan un criterio más evolucionista en el análisis histórico. Es cierto, sin embargo, que desde mitad de los ochenta se viene produciendo cierta modificación de los criterios interpretativos de la historia británica, sobre todo por la aparición y evolución de la sociedad de clases, industrial, urbana y moderna. De todos modos la «época» liberal inglesa tiene otra periodización que la continental al uso; de hecho es mucho más prolongada. Lo «contemporáneo» anglosajón: la Primera Guerra Mundial
También hay dificultad para ponerle un punto final a la época contemporánea. Al utilizar el término contemporáneo como lo usó Tocqueville, llega un momento en que ya no se puede estirar más, y no podemos hablar eternamente de contemporáneo. Nos corresponde ponerle un final, ateniéndonos al uso histórico del término, de lo contrario habría que cambiar la denominación de esta época histórica para poder seguir utilizando el término «contemporáneo» en su sentido literal, para cada nueva generación. La tendencia es la primera, la de poner un final a la época «contemporánea» y comenzar a usar otras denominaciones para las épocas actuales, vividas. Así nos encontramos con la «Historia Actual» o «De nuestro tiempo», que nos indica la dificultad de poner un término a la historia que se está viviendo, que pudiera caracterizarla más allá del dato de que es «actual», por la falta de perspectiva histórica; por ello cada generación futura tendrá que ir buscando términos nuevos para la historia que viva, quedando obsoletos los términos hoy inventados, porque llegará un momento en que esta historia deje de ser «actual» o «del tiempo presente». La «historia actual» o «historia de nuestro tiempo»
España está entre los países en los que la revolución marcó claramente el inicio de algo nuevo en el tránsito del XVIII al XIX. Aquí la época se abre también con guerra y revolución. Ciertamente, desde la misma invasión napoleónica, guerra y revolución fueron la puerta de entrada de nuestra contemporaneidad —ya Álvarez Junco recordó en su libro Mater Dolorosa que hasta los años treinta del siglo XIX, era ésa la expresión habitual, luego se impuso «guerra de independencia»—. De hecho, en 1810 Flórez Estrada escribió Introducción para la historia de la revolución en España. Pero, un año antes, Tapia y Núñez de Rendón había escrito Apuntes sobre los hechos principales de la revolución de Sevilla. Se publicaron también colecciones de documentos sobre aquellos acontecimientos que se vieron en su época como de gran trascendencia; se habló de «gloriosa revolución»; poco más tarde escribió sobre ella José Clemente Carnicero, que en cuatro volúmenes redactó la Historia razonada de los principales sucesos de la gloriosa revolución de España. Un político en activo, Martínez de la Rosa, escribió la revolución actual de España. Resulta así evidente que existía la conciencia de estar viviendo una nueva etapa de la historia que comenzó en 1808, y que los términos al uso fueron en España «guerra y revolución» hasta que la literatura romántica en los treinta los sustituyó por «guerra de independencia». Cierto que avanzado el siglo se siguen encontrando autores que se refieren a la revolución; así, Fernando Garrido, en su obra escrita en 1861, La España Contemporánea, «hija de la revolución del siglo XIX». Guerra y revolución en España
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