martes, 6 de agosto de 2024

La revolución francesa

La revolución francesa, después de abolir los derechos feudales, extender el pago de impuestos a la nobleza y clero, vender los bienes de la Iglesia para sortear el déficit del Estado; tras establecer la igualdad ante la ley de todos y proclamar la Declaración de Derechos, se dispuso a redactar una Constitución cuyo principal cometido, se dijo al juramentarse en la sala del Juego de la Pelota, era también «reponer los verdaderos principios de la Monarquía». Todos creían estar recuperando derechos perdidos, no descubriendo derechos nuevos. Lo cierto es que a la vez que se declaró a la nación soberana se siguió declarando sagrada la persona del rey e incluso la monarquía. Ya desde Montesquieu, y antes, se pensó que era la separación de poderes y no la forma de gobierno la que garantizaría la libertad. Se trataba de acomodar la Constitución mixta republicana a un rey, que es lo que se hizo en la historia constitucional europea a partir de entonces, y se había hecho en la inglesa desde el XVII. La revolución francesa repone los verdaderos principios de la Monarquía

Cierto que la lucha por la reunión conjunta en una única Asamblea frente a la tradición de los tres órdenes hizo retroceder la posibilidad de una Cámara alta como en Inglaterra, incluso como en Estados Unidos. La lucha entre los anglómanos, que querían imitar aquella Constitución, y los americanistas la ganaron estos últimos que tenían más presente el modelo de la República griega que el de la romana donde el Senado tenía su cuna. Por eso se dijo que la Monarquía Constitucional diseñada por los revolucionarios en la Constitución de 1791 había creado la República sin saberlo. El mismo Rousseau había escrito en El Contrato Social, que «todo gobierno legítimo es republicano». Fue a este autor al que se recurrió cuando fracasó este primer modelo monárquico revolucionario, el de 1791. Entonces se empezó a hablar de la «viciosa Constitución» inglesa, en palabras de Robespierre, que venía a justificar así el final de la Monarquía y el gobierno mixto, por lo tanto justificaba la llegada de «La revolución jacobina». Entonces, en la fase radical de la revolución, se volvió a buscar la virtud cívica de un pueblo que debía autogobernarse a través de la soberanía popular auténtica. En esta búsqueda de la virtud, como desde la antigüedad, la religión volvió a ser un medio más para conseguirla, no se podía desaprovechar ningún camino. Estamentos y revolución

Fue cuando los teóricos comenzaron a reflexionar sobre las diferencias del mundo clásico y su cultura política y el que ellos vivían; fue cuando Constant reflexionó sobre la libertad de los antiguos y los modernos. Mientras los antiguos sometían lo individual a lo colectivo, los modernos querían que lo colectivo les garantizara el desarrollo individual y su libertad para desenvolver los propios intereses («la libertad individual es la verdadera libertad moderna[…] la libertad política es su mejor garantía»). El gobierno debía garantizarles su seguridad, autonomía e independencia para desarrollar su esfera individual y cuanto menos tuvieran que ocuparse de lo público, mejor. Por ello toda soberanía debía ser limitada, porque no debía afectar a la esfera estrictamente individual; ésta debía estar protegida por el Estado que había de respetar escrupulosamente esa esfera, materializada en los derechos individuales; derechos que los ciudadanos poseen independientemente de toda autoridad. La tarea de esta autoridad era únicamente garantizarlos: libertad individual, de opinión, propiedad privada, libertad religiosa, y garantía contra todo poder arbitrario. Es lo que Constant denominó libertad de los modernos, y en el siglo XX Isaiah Berlín catalogó como «libertad negativa» —y es que para cuando este último autor escribía, los derechos sociales inauguraban la «libertad positiva» o capacidad de realizar los derechos reconocidos—. La cultura posrevolucionaria y el fin del republicanismo clásico

Fue esa doctrina centrada en la libertad de los modernos la que inauguró el pensamiento posrevolucionario y la cultura política del siglo XIX. Quedaba olvidado el concepto de libertad del republicanismo clásico, asociado a la participación activa y cotidiana en el gobierno. Ahora la estabilidad de las leyes y la buena organización institucional encargada de la separación eficaz de los poderes debía garantizar el orden y la tranquilidad necesaria para que los individuos se dedicaran con plenas garantías a sus quehaceres o placeres particulares. Entre otras cosas, la extensión de los viejos Estados europeos tampoco permitía el ideal antiguo de gobierno sino que exigía el gobierno por representación. Sólo habría que preocuparse de elegir lo mejor posible a los representantes cada cierto período de tiempo. El foro donde se reunían los ciudadanos a discutir los asuntos públicos y decidir su gestión es sustituido por la sociedad civil, donde los individuos llevan a cabo todas sus actividades privadas, económicas, jurídicas, culturales. Por ello la cultura política liberal implica un progresivo alejamiento de esta sociedad civil, dedicada a lo particular, y el Estado, el gestor de lo público. Alejamiento entre la sociedad civil y el Estado en el Liberalismo

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