Para cuando se produjo la revolución norteamericana, disponían de un modelo, el de la cultura política inglesa en el seno de la cual vivían. Decía Castelar en su obra Historia del Movimiento republicano en Europa, escrita en 1874, que «Puede pues, con razón asegurarse, que desde mediados del siglo XVI a fines del siglo XVIII, la iniciación republicana de América no se detiene un momento». Lo relaciona con la reivindicación de la libertad por medio de la reforma religiosa, con la moral más austera que la luterana, la de Calvino, con una iglesia más democrática que la germánica, la de Ginebra. La reforma religiosa y las nuevas ideas políticas
Los puritanos no quieren aristocracia y esto ataca directamente a la monarquía. Muchos puritanos ingleses tras la amenaza de Jacobo I de ahorcarlos se fueron a la republicana Holanda. Desde Holanda partieron a América (los que llegaron a Plymouth con el compromiso democrático, como si fuera la carta fundamental de la República en América). Cada paso va durando más de un siglo: entre la palabra de Calvino y la peregrinación puritana, entre la llegada a América y la proclamación de la República. Las nuevas ideas en América.
Cierto que las colonias se formaron por iniciativa privada a espaldas de la Corona, en un proceso radicalmente diferente a la América española, lo que les favoreció la variedad: religiosa, étnica, social; pero la mayor parte eran de origen inglés y compartían cultura, educación, derechos, y, especialmente en este caso el sistema político que tenía una estructura similar a la metrópoli: Gobernador, Consejo Consultivo y Asamblea legislativa; ésta, siguiendo el ejemplo de los Comunes, tenía iniciativa legislativa y aprobaba los presupuestos. El control sobre los fondos públicos les permitió sobreponerse a los Gobernadores nombrados por la Corona en la mayoría de las colonias —excepto en Connecticut y Rhode Island, donde los elegía la Asamblea—. La mayoría de los habitantes eran electores y más de la mitad de los varones blancos podían ser elegidos. El sistema político de las colonias
Las razones de la rebelión de las colonias frente a las pretensiones del monarca inglés, Jorge III, de afianzar el poder sobre las colonias y aprovecharlas económicamente, fueron ya, significativamente, la defensa de sus intereses, la libertad y el autogobierno. Fue el momento para poner en práctica todas las ideas que habían llegado desde Londres y habían ido germinando. Cierto que la historiografía tradicionalmente situó en Locke todo el mérito de esta nueva cultura política, y con él al liberalismo con su acento en la individualidad y los derechos privados. Los más recientes y reconocidos analistas de la Escuela de Cambridge (Pocock, Wood, Bailyn) ponen, sin embargo, ahora el acento también —sin excluir a Locke, el Common Law, o los derechos naturales—, en esta tradición de humanismo cívico, bien común y republicanismo que explicaría la vertiente social, comunitaria de la cultura política norteamericana. Ambas corrientes, liberalismo y republicanismo, con las tradiciones heredadas, se interfirieron mutuamente y se sumaron. Utilizaron tanto criterios historicistas —los derechos tradicionales— como racionalistas e iusnaturalistas para justificar su acción, pues los derechos dejaron de estar en la tradición histórica y pasaron a formar parte de la prerrogativa natural de todo ser humano. Eso les permitía incluso reformar la forma de gobierno como recoge la Declaración de Independencia. Eso les permitió incluso mantener los mismos criterios después de conseguida ésta, contra cualquier gobierno que pudiera atentar contra sus derechos. Humanismo cívico, republicanismo y liberalismo
DECLARACIÓN DE INDEPENDENCIA
«Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que para garantizar estos derechos se instituyen entre los hombres los gobiernos, que derivan sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados; que cuando quiera que una forma de gobierno se haga destructora de estos principios, el pueblo tiene el derecho a reformarla o abolirla e instituir un nuevo gobierno que se funde en dichos principios, y a organizar sus poderes en la forma que a su juicio ofrecerá las mayores probabilidades de alcanzar su seguridad y felicidad»
4 de julio de 1776
Pero no hicieron una revolución contra el régimen político, la Constitución inglesa de la que estaban orgullosos, sino en defensa de la misma, contra lo que percibían como su violación. Eso acabó significando que a la vez que rompían con la metrópoli buscaban la reposición de su Constitución, en su forma pura y tradicional. Aquí la tradición republicana ayudó mucho, porque aun no teniendo rey para reponer la Constitución inglesa, el núcleo común era el gobierno equilibrado de la tradición republicana que había adoptado la Monarquía inglesa. Ciertamente, en el momento revolucionario las prerrogativas de un Ejecutivo del que se desconfiaba plenamente —lo propio de ese momento en todo lugar y en la cultura política predominante— quedaban mucho más restringidas, e incluso se intentó organizar un ejecutivo que fuera lo menos «monárquico» posible. El ejemplo más acabado fue la Constitución de Massachussets en la que participó directamente John Adams. La revolución y la tradicional Constitución inglesa
Tras el primer momento revolucionario, en el que se limitó radicalmente el poder Ejecutivo en la Constitución de la Confederación (aprobada en 1777 y ratificada en 1781), la evolución natural de este proceso llevó a la evidencia de la necesidad de volverlo a fortalecer para centralizar las decisiones y hacerlas más eficaces; necesidad que se hizo más evidente en el contexto de la guerra que había que sostener contra la Metrópoli. Así se llegó a la Constitución federal de 1787 (ratificada el 21 de junio de 1788) que llega hasta nuestros días con las enmiendas precisas y que provocó un gran debate y enfrentamientos entre «federalistas» —Adams, Hamilton, Jay— y «republicanos», de tendencias confederales, y demócratas —tal y como hoy se llama el partido heredero—, cuyo fundador fue Jefferson, junto con Madison. Éstos eran los que querían mantener el sistema revolucionario, el republicanismo clásico, la confederación; mientras que los «federales» querían pasar —y lo consiguieron— de la confederación a la federación que implicaba una concentración mayor del poder en manos del Ejecutivo y del poder central (se les llamó autoritarios y centralistas). Por eso algunos autores, como Lacorne, hablan de un acercamiento a la Monarquía, al modelo monárquico. La Unión: entre la República y la Monarquía
Fue el momento en el que se pasó del gobierno mixto clásico a la separación de poderes propia de la doctrina liberal. Gobierno mixto implicaba asociar cada rama del gobierno a un orden social propio del Antiguo Régimen: el pueblo a Cámara de los Comunes, la aristocracia a la Cámara de los Lores, y el Rey al poder Ejecutivo. La separación de poderes desde la versión de Montesquieu se centra exclusivamente en la diferenciación de funciones públicas para evitar la concentración de poder: poder legislativo, poder ejecutivo y poder judicial; lo que encaja mejor con la nueva sociedad igualitaria americana, que carecía de monarquía y aristocracia. Además se empezó a creer que todos los elementos del gobierno eran representantes del pueblo, no sólo las Asambleas. A su vez, la necesidad de virtud cívica, en sociedades ya más grandes y gobiernos más lejanos, se sustituyó por la adecuada organización institucional que evitara abusos y corruptelas y permitiera la delegación del gobierno y la dedicación del individuo a sus intereses y no necesariamente a la comunidad. Por ello, el gobierno directo de las democracias antiguas se sustituyó por el gobierno representativo; y el Ejército permanente sustituyó a las milicias ciudadanas. Esta nueva cultura tuvo su materialización en las publicaciones de El Federalista, que vino a explicar el sentido del cambio federal,
[…] procedamos a indagar si un solo buen gobierno será más competente para cumplir este fin que varios[…] Dividid a América en trece[…] gobiernos independientes: ¿qué ejércitos podrían reunir y expensar, qué flotas conseguirían tener?
A cambio de este alejamiento del poder, los antifederales exigieron la declaración de derechos, que fue su gran legado. Así pues, fue entre 1776 y 1787 cuando se produjo un gran cambio de la cultura política, llegándose a una perspectiva liberal y moderna, donde ya no eran necesarias pequeñas sociedades autogobernadas por sus ciudadanos, sino que las grandes naciones podían delegar esa función en sus representantes. Del gobierno mixto a la separación de poderes
En esta nueva cultura política pasó a ser central el individuo, sus derechos y su libertad, frente a lo que hasta entonces era lo central: la comunidad y la participación política intensa, el bien común, la virtud cívica del humanismo y el republicanismo clásico. El interés privado pasó a ser sagrado y respetable, frente al interés común, suponiendo que éste se conseguía satisfaciendo aquél. Ahora el individuo podía dedicarse a sus asuntos privados y no a los públicos porque éstos estaban garantizados en un sistema garantista, con una organización institucional liberal, llena de equilibrios y controles mutuos que habría de funcionar casi automáticamente. Así que la política dejó de ser la búsqueda del interés común y pasó a desenvolverse como la lucha de los intereses privados, en el entendimiento de que se equilibrarían y acabarían significando el mejor interés posible. La virtud pasó de ser política, reflejada en el ámbito público, a ser privada; comenzó a significar más cortesía y sociabilidad que lucha por el bien común. Así que los ciudadanos pasaron a centrarse más en consentir el gobierno que a participar en él. El ciudadano consiente el gobierno
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